lunes, 22 de octubre de 2007

Hamlet: flautista de Hamelín

El puñal que ha de herirla
que esté en mis palabras, no en mi mano.
Hamlet, William Shakespeare


Bien es sabido que una de las mejores herramientas artísticas de Shakespeare, era el manejo del lenguaje, y no vana y sencillamente el lenguaje como un sistema comunicativo del cual todos hacemos uso hasta que destruimos su esencia, sino como una corriente de aire que va envolviendo todo lo que encuentra y lo eleva hasta trasportarlo a otro lugar donde solo el aire podría elevarlo, convirtiendo cualquier hoja seca del camino en una pluma que sin ave puede seguir volando.

El autor de Hamlet utiliza las mismas palabras y figuras literarias que los de su tiempo y hasta muchas de las cuales se siguen usando en el idioma anglosajón, pero ¿qué lo hace tan especial? ¿Cuál es el truco, la técnica, el don, para que al leer su obra el lector sienta estar en un mundo diferente y quiera ir tras el flautista de Hamelín rumbo al precipicio si es posible sin poder defenderse con las herramientas comunicativas que posee y solo esperar a que los personajes se narren a si mismos por que el lector no puede inferir sus parlamentos metafóricos?

Las respuestas a estas preguntas retóricas, seguramente no las puedo dar yo, ni nadie…ni siquiera Bloom, pero lo que si puedo hacer es un rastreo de los elementos y figuras que utiliza Shakespeare de una manera especial en Hamlet, para tener algunas pistas que nos acerquen, a los que queremos escribir, a su mundo de palabras infinitas.

Pocos de los personajes de Hamlet hablan de un modo literal, la mayoría están en otro nivel de comunicación, la cual no dice las cosas como son, si no, a lo que se parecen, nadie asegura nada, esperan e incitan la respuesta del otro. Los personajes de Hamlet llevan a un nivel estético y artístico la dialéctica y mayéutica griega; por medio del lenguaje metafórico encuentra una hermosa manera de dudar y de indagar para buscar la verdad.

El lenguaje metafórico en la obra, lo utilizan personajes con lo que podríamos llamar un alto nivel intelectual, como Hamlet, Ofelia, Laertes y los cómicos; mientras que los demás personajes antagonistas manejan diálogos escuetos, cortos y autoritarios, como los del magnicida Rey Claudio o parlamentos sin gracia y extremadamente complacientes como los de Polonio, Osric, Rosencrantz y Guildenstern. En un caso aparte se encuentran los sepultureros. Estos manejan el humor y la ironía para narrarse y burlarse de ellos mismos; si esta actitud no demuestra un alto nivel intelectual… no sé que más puede hacerlo.

¿Qué es lo que despierta en Hamlet todo ese caudal de razón y de locura? La duda. Es la duda que siembra la sombra de su padre la que lo hace pensar, y prostituir el corazón como él mismo dice, al renunciar a todos sus demás deseos y sueños por conseguir la venganza que merece la muerte de su padre.

Palabras que utilizan y describen perfectamente a los personajes de la obra y a sus acciones pueden ser: parecen, engañan, disimulan, actúan, aparentan. Es más o menos la atmósfera que crean estas palabras en la que se inscribe Hamlet de Shakespeare. Es necesario para el lector entrar en complicidad con el príncipe de Dinamarca, igual que el público entra en complicidad con el títere y el titiritero. El títere o el loco tienen cualidades muy similares, la más importante de todas es que pueden expresarse sin temor a ser juzgados, están cubiertos por una licencia total que les permite ser libres. Nadie se va a enfrentar a un títere o a un loco, se les deja ser, se les perdona y entiende paradójicamente todo. Esta es una de las estrategias que utiliza Shakespare para crear a su personaje principal, igualmente lo estaba haciendo Cervantes con su Quijote de la Mancha en la misma época.

La duda y no la seguridad de la verdad es la que mueve a Hamlet a explotar el lenguaje y manejarlo con delicados hilos, para no pisar en falso y dejar que los culpables caigan por su propio peso. Una de las herramientas lingüísticas que usa magistralmente Hamlet es la analogía:
Hamlet. No entiendo bien eso. ¿Quieres tocar esta flauta?
Guildenstern. No puedo, señor
Hamlet. Yo te suplico
Guildenstern. ¡Pero si no sé tocar!
(…)
Hamlet. (…) Tú me quieres tocar, presumes conocer mis registros, pretendes extraer lo más íntimo de mis secretos, quieres hacer que suene desde el más grave al más agudo de mis tonos; y he aquí este pequeño órgano, capaz de excelentes voces y de armonía, que tú no puedes hacer sonar. ¿Juzgas que se me tañe a mí con más facilidad que a una flauta? No; dame el nombre del instrumento que quieras; pero por más que le manejes y te fatigues, jamás conseguirás hacerle producir el menor sonido.

En este diálogo con Guildenstern, vemos claramente como por medio de una analogía entre los sonidos de una flauta y la voz, Hamlet se escribe desde un estado infinitamente superior al de su amigo, destruyendo cualquier tipo de contestación por parte de Guildenstern. Hamlet se encarga en toda la obra de generar diálogos como éste, en donde su contrario quede sin armas con que defenderse, por la misma razón en muchos casos, la escena se acaba en el mismo instante en que Hamlet lanza sus parlamentos creados con más razón que la falsa locura en la que los antagonistas excusan su perplejidad.[1]

La metáfora es otra de las figuras literarias que construyen la magia de Hamlet:

Rosencrantz. ¿Entremetido me llamáis?
Hamlet. Sí, señor; entremetido, que como una esponja, chupa del favor del rey las riquezas y la autoridad.

En este ejemplo, igual que en muchos otros casos Hamlet logra decir lo que es, con lo que se le parece, recurso literario que los que están a su alrededor toman como síntoma de su locura sin remedio.

Las notas marginales (así las llama Horacio en la escena v, del acto v) que Hamlet hace en su dialogo con Osric son un ejemplo del maravilloso uso, juego y burla que Shakespeare hace del lenguaje y con el cual crea a su personaje más famoso, imprimiéndole ironía, humor, desfachatez, y un poco de grosería de buen gusto. Así describe irónicamente Hamlet a Osric:
Hamlet. Sí, y aún antes de mamar hacía ya cumplimientos a la teta. (…) Pero se parecen demasiado a la espuma, que por más que hierva y abulte, al dar un soplo se reconoce lo que es: todas las ampollas huecas se deshacen y no queda nada en el vaso.

Las adivinanzas y bromas que se hacen los sepultureros, son otra excelente herramienta para la creación de los personajes que sin dar descripciones físicas, logran pintarnos un cuadro burlesco en vez de uno que debería ser bastante tétrico:

Sepultureros 2. ¿Cuál es el que hace habitaciones más durables que las que hacen los albañiles, los carpinteros de casas y navíos?
Sepulturero 1. Sí, dímelo de una vez y sales de apuro
Sepulturero 2. Allá voy
Sepulturero 1. Veamos
Sepulturero 2. Voto va No caigo
Sepulturero 1. Vaya, no te rompas la cabeza sobre ello. Eres un burro lerdo que no saldrá de su paso por más que le apaleen. Cuando te hagan esta pregunta has de responder: “el sepulturero”.

La influencia de los Griegos y latinos es muy visible en Shakespeare. Esta referencia mitológica en el caso de Hamlet ayuda a construir al personaje principal [2] igualmente al Rey Hamlet, dándole dones y características de los dioses:

Hamlet. (…) Los cabellos del Sol, la frente como la del mismo Júpiter, su vista imperiosa y amenazadora como la de Marte, su gentileza semejante a la del mensajero Mercurio cuando aparece sobre una montaña cuya cima llega a los cielos.

La fuerza del lenguaje en Hamlet es lo esencial en la obra, sin la maestría de Shakespeare, el argumento, la historia no sería muy diferente a la de las tragedias griegas. La esencia de la obra creo que bien podría estar en la frase que se utilizó como epígrafe de este texto y aunque finalmente Hamlet con su mano y su espada destruya a su enemigo, ya lo había hecho con palabras, con arte (obra de los cómicos). Quiero creer que la espada solo fue una excusa para darle un poco de espectáculo al público, el Rey claudio podría haber muerto con una frase, una palabra con la fuerza necesaria que suplantara el filo del arma y que convenciera a Átropos de cortar el hilo.

[1] Escenas X del I acto; Escena IX del II acto; Escena IV, VIII, XXVIII del III acto. Etc.
[2] Cuando se compara con Hércules y al león de Nemea (escena V y X del primer acto)
Las trasformaciones de la identidad
(La identidad múltiple)

Los latinoamericanos llevamos más de cinco siglos tratando de redescubrirnos como pueblo, de encontrar nuestra esencia en un mundo que día a día se empeña en globalizarnos. Es por esto que la tarea ha sido ardua y hasta el momento sin claros resultados. ¿No será que la búsqueda es ilógica y hasta anti-natural? La única salida que se le ha encontrado a este laberinto, la autodenominamos como mestizaje; mestizaje de razas, ideas y culturas, pero esta respuesta, no logra satisfacer los verdaderos interrogantes de nuestra preocupación por ser y pertenecer en el mundo, o al menos, en mi caso particular, no lo logra. Mi posición estaría más cercana a la teoría de Fernando Cruz Kronkly en su texto, La Summa latinoamericana, en donde es Latinoamérica el lugar en donde se “reúnen las culturas del mundo y en donde Occidente, se redefine, se retuerce y a al vez se recrea”[1].

La identidad es un término, como todos los términos con el transcurso del tiempo y el uso continuado, polisémico. Cuando digo polisémico, me refiero a que en la actualidad tiene numerosas variables de sentido que han desfigurado el concepto original, creando un término que, siguiendo la línea, podríamos denominar: mestizo. La identidad para algunos tiene que ver con la nacionalidad, el folklore, la cultura, la familia. Otros por el contrario creen que la identidad es algo que se consigue a través de los gustos, los accesorios, los amigos y los pasatiempos, confundiendo el concepto de identidad con el de personalidad.
La identidad como concepto lógico, designa todo lo que permanece único e idéntico a si mismo, lo que supone un rasgo de permanencia e invariabilidad. Entonces según este parámetro, es viable que se tome como un factor de identidad la nacionalidad, carga pesada para los colombianos, y la familia, la cual no podemos escoger y tampoco desechar; más no el folclor y la cultura, dos representaciones de los pueblos que están en constante cambio y trasformación a medida que los pueblos se desarrollan a través del tiempo.
La variedad y la movilidad se contraponen al concepto de identidad afirmada por el eleático Parménides (c. 515-c. 440 a.C), el cual concibe que el universo y el ser, son unidades inmutables. La propuesta de Heráclito (c. 540-c. 475 a.C.), que es a la que yo me sumo, es una concepción del mundo y la materia en un estado de constante cambio. Y es esta la tesis que sostengo en este ensayo: La identidad no tiene un sólo espacio, ni tiempo, ni una sola bandera, y se encuentra en un estado constante de cambio directamente proporcional al desarrollo técnico y cultural de los pueblos.

Lo antiguo Vrs lo nuevo

Recuerdo que en una conferencia sobre identidad musical en Buenos Aires, Argentina, un periodista y musicólogo, con toda la prepotencia común en su cultura, dijo: “¡Che! Yo me siento más identificado con un ciudadano neoyorquino que con un indio Mapuche”. Esta frase, en un primer momento me ofendió de una manera extraña, pues no era a mí a quien se dirigía ni a una etnia de mi pueblo, pero no sé por qué, uno suele solidarizarse o sentirse más identificado con una raza y modo de vida, alejada de su realidad cosmopolita, pero cercana a su sangre ¿O será impuesta esa sensación? Después, esta frase cierta de alguna manera, dio pie a la reflexión sobre la identidad latinoamericana y si esta existe o debería existir.
Al periodista argentino, por más cruel que pueda sonar esto con mi cultura, le doy mi voto. Y no es que yo sienta que me identifico con un parisino o un neoyorquino, sino, que su estilo de vida es más cercano al que diariamente llevamos la mitad del planeta cosmopolita, globalizado, contaminado y agobiado por la tecnología. Creo, o quiero creer que era por esta vía que iba el comentario del argentino, pues de lo contrario, no sería más que una inconformidad con su ser argentino y “tercer mundista”.

Las etnias indígenas que valientemente han sobrevivido a las invasiones y conquistas de sus territorios, no podrían sentirse identificadas conmigo, por ejemplo: no sería común para ellos, estar sentados frente una pantalla luminosa, tipeando casi esquizofrénicamente un tablero con signos; ni bañarse con agua artificialmente temperada. Igualmente, ¿por qué un español va a sentirse identificado conmigo cuando yo le amarró a mi hijo una cinta de colores con una piedra en el pie para que no lo afecte el “mal de ojo”?

Entonces, ¿por qué nosotros, latinoamericanos, tenemos que encontrar nuestra identidad, en una identidad diferente y hasta desconocida para muchos? Es aquí donde se encuentra el sinsabor que nos produce reconocernos como indígenas, españoles o como mestizos; separándonos como con pinzas del resto del mundo que insanamente se cree puro; como si todos los habitantes del planeta, a estas alturas, no fueran mestizos de alguna u otra manera. ¿Cómo quitarles a los españoles sus rasgos moros? ¿Cómo explicar el spanglish en Estados Unidos? ¿Cómo erradicar rasgos de la cultura marroquí en España? ¿Cómo crear una sola identidad en Sudáfrica? ¿Cómo querer separa las naciones y las razas cuando las conquistas, invasiones y colonizaciones no han terminado?

Es en este punto, donde los detractores de mi tesis dirán: ¿y si todo está cambiando tan rápido, no es pertinente querer guardar y atesorar los elementos fundacionales de nuestra raza? Sí, es pertinente, pero los rasgos fundacionales de nuestra raza no son nuestra identidad, así como tampoco lo que viene de afuera es nuestra identidad. No podemos caer en el curioso comportamiento, que nos narra Eduardo Caballero Calderón en su texto Cangrejos ermitaños[2], en donde estos crustáceos se apropian de los caparazones de otros crustáceos, presumiendo de fuertes y hermosos sin esforzarse por hacer un caparazón por sus propios medios. No se nos puede imponer una identidad. Para Puerto Rico fue demasiada la imposición de una cultura sobre otra, a tal punto que los puertorriqueños no tuvieron otra opción que aceptar vivir bajo el caparazón de otro crustáceo.

No podemos negar lo que somos ahora, aceptando sólo lo que fuimos. El pasado no puede, ni debe detener del incasable curso del presente hacia el futuro. Las conquistas y expansiones de territorio, no son otra cosa que hechos ineludibles de la historia; no se puede echar todo para atrás y empezar a vivir en las cavernas. Nuestra identidad no sólo como latinoamericanos sino como seres humanos pobladores de la tierra ha cambiado y sigue cambiando. Es más, nuestra identidad podríamos decir que no es solo una, compartimos varias identidades en nuestra común existencia.

Identidad colectiva

Tenemos una identidad que considero la primera, y es la de seres humanos, es esta la única identidad inamovible e inmutable, que nos reúne a todos en una identidad colectiva. Nos diferenciamos de los demás seres de la naturaleza por nuestra condición pensante y trasformadora del entorno. Luego, vienen las fronteras, idiomas y demás límites puestos por nosotros mismos, que nos separan como seres humanos y nos categorizar dentro de una porción de tierra, determinada por diferencias notadas por el hombre en factores geográficos y climáticos en la naturaleza. Luego estos límites determinados de una forma natural, fueron impuestos y arreglados por guerras y negociaciones.

Entonces, tenemos varias identidades que nos reúnen en mayor o menor proporción colectivamente. La primera como ya he dicho antes es la identidad humana, las siguientes se verán determinadas por límites geográficos. Es importante tener en cuenta que en todas, nos comportamos de una manera diferente:
2. Identidad continental:

Nos sentimos latinoamericanos en cuanto estamos en un mismo continente, compartimos raíces de un idioma romance, y tenemos una actitud diferente en contraste a Europa y Asia. Obviando, la concepción original del término latinoamericano, que involucra todas las colonias de España, Portugal y Francia.
3. Identidad nacional:

Es en donde nos reconocemos como nacidos en un país, en un territorio “parcelado”, bajo unas leyes, un gobierno, unas creencias y costumbres. Esta identidad no es tan general como la continental. En esta identidad nacional se pueden especificar y detallar comportamientos y costumbres propias del país, como variables en el idioma español o en la forma de vestir.
4. Identidad regional

Esta es una identidad un poco más “vista con lupa”, en donde las características geográficas, climáticas y culturales vienen a definir fuertemente el comportamiento de los integrantes de una región, que igualmente pertenecen a un universo, a un continente y a un país.
5. Identidad Ciudadana

La identidad colectiva en una ciudad es bastante evidente por lo menos en Colombia. Bogotá y lo bogotanos tienen una identidad muy diferente a los Caleños, debido a factores climáticos y geográficos; igualmente, por el atraso o desarrollo económico en que las ciudades se encuentren, su educación, civismo y arquitectura se verán bastante diferentes, lo que determinará diferentes seres humanos.

6. Identidad de barrio o de comuna
Las pandillas o clanes en los barrios de las ciudades, son un importante factor que visualiza los diferentes tipos y concepciones de vida que hay en la zona. No es raro encontrar enfrentamientos por traspaso de límites territoriales o diferencias económicas. Esta identidad de barrio está determinada por una estratificación.
7. Identidad de hogar o Familiar

En esta identidad nos comportamos notoriamente diferente a como nos comportamos en la ciudad, el barrio o el país. Mantenemos una imagen que no es la misma a la que mostramos con los amigos o los desconocidos, pero es allí, en el hogar o la familia en donde se determinan los parámetros éticos y morales que nos enseñaran a comportarnos en las diferentes identidades.
Para concluir este ensayo, resalto la calidad múltiple de la identidad, en donde son las múltiples identidades que nos conforman como “ciudadanos del mundo” y su constante cambio, lo que nos hace progresar y desarrollarnos como seres trasformadores del entorno. Los latinoamericanos estamos en una afortunada condición, pues todavía conservamos casi intacto en algunas zonas, lo que fuimos y estamos abiertos a todas las identidades del mundo pues nuestra naturaleza desde hace quinientos años ha sido buscarnos. Hemos tenido que explorar y conocer a los demás para poder reconocernos. Nunca fuimos un envase hermético, y es debido a esto que somos tan inmensamente ricos en identidades. Entonces, será pertinente que nuestra búsqueda de una identidad exótica, única y paradisíaca, termine y que nos reconozcamos como seres humanos universales, una gran summa, o de lo contrario, deberemos esperar a que en todo este desorden de sentido, terminemos como los cangrejos ermitaños de San Andrés o en el peor de los casos como Mister Jekyll y Mister Hyde.

[1] Cruz Kronfly , Fernando. La tierra que atardece. Bogotá; Ariel, 1998
[2] Calderón, Caballero Eduardo, “Cangrejos ermitaños” en Obras t. II, Medellín; Editorial Bedout, pp. 266-268